En el pueblo de los 64 cuadraditos, la torre tenía un trabajo muy importante: era el tren del pueblo.
Iba por sus vías, derechito: para adelante, para atrás o para los costados. Podía hacer un viaje corto o uno largo, de punta a punta. Lo que nunca hacía era doblar en el medio del viaje. "Los trenes no doblan", decía, "para eso hay que hacer otro viaje".
Un día, un peón negro se paró en la vía. "¡Chu-chu! ¡Correte!", gritó la torre. Pero el peón no se movió. Entonces la torre llegó hasta su casilla, lo sacó del tablero y se quedó en su lugar. ¡Se lo había comido!
Al otro día, el que se paró en la vía fue un peón blanco, de su propio equipo. La torre frenó justo antes. "A la familia no se la come", dijo Clara. Y la torre esperó en la estación de al lado.