En el pueblo de los 64 cuadraditos, el peón era el más chiquito de todos. No saltaba como el caballo, no iba lejos como la torre, y no tenía corona como el rey.
Pero el peón tenía una meta. En el pueblo contaban que, del otro lado del tablero, esperaba una corona mágica, y que quien la consiguiera iba a ser tan poderoso como la pieza más fuerte de todas. Desde su casita en la segunda fila, el peón miraba hacia allá y decía: "Algún día voy a llegar".
El peón caminaba siempre para adelante, de a una casilla. Solo la primera vez, de tan entusiasmado, dio un salto doble. Cuando alguien se le paraba justo enfrente, se quedaba quieto, esperando. Pero si un enemigo se ponía en diagonal, ¡se lo comía!
Paso a paso, el peón cruzó todo el pueblo. Y cuando llegó a la última fila, ¡ganó la corona mágica! En ese mismo momento recibió todos los poderes de la dama: ahora podía ir derecho como la torre y en diagonal como el alfil, tan lejos como quisiera.
"¡Lo logré!", gritó. Y Clara le dijo: "Sabía que podías. Los más chiquitos también llegan lejos".