Un sábado, el pueblo de los 64 cuadraditos armó un mercado. Cada pieza tenía un cartelito con su precio, en porotos.
Los peones costaban 1 poroto. Los caballos y los alfiles, 3. Las torres, 5. Y la dama, 9 porotos. El rey no tenía cartelito. "El rey no se vende", dijo el alfil, "sin rey no hay partida".
Ese día, el caballo negro se fue a pasear solo, lejos de sus amigos. Y el alfil blanco, que lo vio desde lejos, se lo comió en un segundo. "¡Gratis!", gritó.
Después, el alfil vio otro caballo negro. Pero este tenía un peón al lado que lo cuidaba. El alfil se acordó de la pregunta mágica: "¿Y después qué?". Si se comía ese caballo, el peón se lo iba a comer a él. Así que no lo comió.
Clara le dijo: "Bien pensado. Las piezas solas son un regalo. Las cuidadas, se cobran".